Os proponemos la lectura de un texto aparecido en Rebelión escrito por Miguel Mirra y Fernando Buen Abad titulado “Movimiento internacional de documentalistas”, que nos propone una reflexión en torno al documental dentro del movimiento asociativo social de la Argentina.

Desde el epicentro del movimiento social que se produce en Argentina y al margen de cualquier reduccionismo emergen con urgencia oleadas de preguntas, presagios y movimientos nuevos. Todo se mueve, se moviliza… se agita sin que sepamos, a ciencia cierta, (o sólo lo sepamos parcial y provisionalmente) a dónde van tantas movilizaciones. Tales movimientos abren lugares que mueven al pensamiento para encontrarle lugar a ciertas respuestas con vocación de propuesta y viceversa.

Hay un epicentro nuevo en cada abrazo solidario y en cada grito desesperado. Hay un epicentro nuevo en cada conversación y en cada movilización nueva. ¿Adónde vamos? ¿Adónde queremos ir? ¿Adónde debemos ir? El movimiento solo no basta. Aunque sea nuevo, fresco, esperanzador y masivo. Es necesaria una dirección. ¿Cuál?

El 19 y 20 de diciembre de 2001 el pueblo argentino salió a las calles y derribó al gobierno de las multinacionales y la mayoría de los documentalistas se comprometió con el movimiento social en marcha. Hoy, amplios sectores populares resisten en los barrios y en las fábricas recuperadas. El nuevo movimiento social surgido de las luchas contra las privatizaciones, la miseria y la desocupación se sostiene y crece a pesar de la propaganda oficial y el bombardeo de los medios masivos de comunicación.

Frente a esta realidad valdría preguntarse: ¿Cuál es el papel que le cabe al documentalista comprometido con este movimiento social? ¿Debería echar mano a todos los medios, los métodos, técnicas e instrumentos que por su especialidad conozca y que considere capaces de auxiliar al movimiento social en el logro de sus objetivos? ¿Su verdadera labor debería consistir en descubrir la forma de poner dichos medios en manos de los propios protagonistas?

Vamos despacio que esto es urgente. Ninguna respuesta debe adelantarse a las respuestas de un consenso popular que está en plena búsqueda de su autogobierno, de su dirección propia… de su madurez histórica. Ninguna respuesta puede pasar por encima, debajo o al costado de las asambleas populares. Ninguna tesis, programa, acción o filmación puede o debe autoproclamarse exenta del examen asambleario. Para unilateralidades, autoritarismos y redencionismos ya tuvimos muchas experiencias amargas. Lo que hoy se mueve exige otra cosa.

Nuestro movimiento de documentalistas es un movimiento estéril si no se mueve con la inercia de los mejores movimientos populares. Nacional e internacionalmente impregnados por los espíritus rebeldes y revolucionarios más entusiastas. Para aprender y para renacer. Para hacerse y depurarse. Nuestro movimiento de documentalistas es nada sin el aliento del movimiento social que desde sus epicentros más poderosos indica y enseña rutas. ¿Qué lugar tenemos cuando hay tanto lugar nuevo por estudiar, entender, participar, qué lugar ganamos, cuál perdimos?

¿Por qué nos movemos como documentalistas? Porque es inmoral, obsceno, quedarse quieto. Para no quedar atrapado en los corrales de los institutos burocráticos de corporación alguna… para nos ser carne de burócratas o de empresarios. Para no hacer el caldo gordo a las vanidades caudillistas del snobismo intelectual. Y sobre todo, especialmente, para bajar los humos de las jactancias propias y ajenas, para aprender crítica y auto-críticamente el significado de la humildad en la lucha… para hacer lo que se debe que es estar donde las luchas populares mandan sin que nos soñemos mandatarios por auto-iluminación. Para aprender a hacer consenso asambleario en la práctica científica y estética del cine documental en y con los movimientos populares. Huelga insistir en nuestro grado de atraso. Estamos en plena autocrítica dialéctica. Por eso hacemos tanta convocatoria. Disculpen las molestias.

El lugar de los documentalistas, es el lugar de un aprendiz que debe tomar nota y adiestrarse políticamente si no quiere perder el paso de la historia.

Nuestro lugar como documentalistas, dado el atraso teórico y metodológico que nos mantiene repitiendo formatos narrativos audiovisuales, (que nos perdonen los comités centrales de cada cúpula académica) es el de abrir los cauces de la investigación teórico-práctica llevados por la fuerza de la historia para que repongamos a nuestro oficio las mejores luchas desde las ideas más avanzadas. Desde la ciencia hasta la poesía.

Nuestro lugar como documentalistas es el de una lucha contra la dependencia y la esclavitud; ya que no producimos ni un tornillo de la tecnología que usamos; que no generamos tantas escuelas corrientes o investigaciones científicas como las que precisamos y que no disponemos de los circuitos y sistemas de exhibición, ni en la cantidad ni en la calidad, que nos urgen.. nuestro lugar es el de la lucha por la soberanía económica, política y cultural, nuestro lugar es el del desarrollo científico y tecnológico para todos. Nuestro lugar es el del fortalecimiento teórico y emocional para contribuir, con humildad, al avance social que vine gestándose en las asambleas populares y hacia un frente único que conquiste poderes nuevos, con personas nuevas y pensamientos nuevos hijos de las mejores tradiciones e ideas.

Nuestro lugar es el de la crítica y el denuncia de la guerra de intensidad mediática que desarrollan las empresas dueñas de medios masivos como armas de guerra ideológica para narcotizarnos con noticieros, chimentos, concursos, publicidades, farándulas y dictaduras del raitig.

Nuestro lugar es el de la construcción y participación creativa en el desarrollo de radiodifusoras, televisoras, periódicos y revistas barriales, populares y/o asamblearias armadas con agencias de noticias de los trabajadores desocupados, los piqueteros, los acorralados, los jubilados… armados con sentido del humor sin canalladas, con sentido del amor loco renovado, con sentido de comunidad dispuesto en serio a hacer comunicación.

Ya no vale hacer registros sobre las luchas. Vale registrar en la lucha. No vale ser camarógrafo de manifestaciones, vale ser manifestantes con cámara. No vale hacer documentales sobre los desocupados o sobre los expropiados. No vale hacer documentales sobre las movilizaciones o sobre las asambleas para exhibirlas en los cenáculos de la capilla progresista. Vale hacer documentales con los desocupados y con los expropiados.

¿Será mucho pedir?

Lucrecia Mastrángelo decía en su ponencia presentada al Foro Documentalista del año 2002, que “si esta historia la hemos de escribir entre todos, si la memoria es un puente necesario… si nos están quitando todo hasta el derecho a soñar , serán entonces los tiempos en que deberemos producir para la resistencia. Producir desde la autogestión y el compromiso, denunciando y poniendo en imágenes lo que no se ve… dando la palabra al oprimido, haciendo que éste sea sujeto y no objeto del filme. Multiplicando experiencias, debatiendo, reflotando las ideas del cine-acto generando la participación activa de los espectadores. Debemos tomar conciencia… y sencillamente multiplicarla”[i].

Y agregaba que “debemos cambiar los conceptos de producción para trabajar junto al movimiento social. Ya no será una idea creada desde un equipo de realizadores, ni siquiera desde la cabeza del director. Es necesario empezar a hablar de co-producción entre los realizadores y la propia gente en conflicto, generar un vínculo que permita la confianza y el trabajo compartido, posibilitar la toma de conciencia de lo que significa un medio audiovisual puesto al servicio de los que hoy están excluidos, desamparados, o nuevos desaparecidos de la inserción laboral. Realizar la construcción del guión a partir de sus necesidades concretas, hacer del documental una herramienta para la liberación, una suerte de devolución: cultura y arte restituyendo la dignidad perdida.”[ii]

Pero además de cambiar los conceptos de producción debemos introducir los conceptos de independencia política y de autogestión. Según Isabel Hernández, el concepto de independencia política “hace referencia a las decisiones de un grupo humano autoidentificado (una clase social, un pueblo) durante el proceso de constituirse en sujeto de su propia historia. Por su parte, la autogestión es la concreción metodológica, es el ejercicio orgánico de este principio; o sea la expresión organizada de los factores distintivos de pertenencia y poder[iii].

Pero alertaba Isabel Hernandez que autogestar no es participar. Esta última acción se refiere a la admisión de un determinado grupo humano en el desarrollo de una actividad que ya existe y que tiene vida propia en base a un sentido de ser que ya otros le imprimieron; tampoco implica cogestión, ni cooperativización, ni control de base. La autogestión debe ser entendida como el instrumento de poder y a su vez de aprendizaje en el ejercicio de la independencia política que necesariamente debe conducir los quehaceres concretos de la producción y la representación del movimiento social.

Y afirmaba Isabel Hernández hace algunos años: “La autogestión y la resistencia cultural … no son formas independientes, y lo más probable es que frente a una realidad tan acuciante, promover la autogestión cultural, tarde o temprano implicará inaugurar un proceso de autogestión política”[iv]. Este proceso está hoy en marcha.

Los conceptos de independencia y autogestión se complementan respectivamente con los de autorrepresentación ante la sociedad global y participación de las bases (democracia interna) frente al poder del estado y los aparatos burocráticos sindicales y políticos. Sin ellos, el movimiento social nunca lograría definir el carácter reivindicativo que impone su presencia frente a un poder que lo desconoce y lo degrada. A su vez, sin estos dos aspectos fundamentales, el movimiento social correría el riesgo de reducir el conflicto social a saga folklórica, o desandar la historia en forma acrítica, embarcándose en nuevas utopías de corte populista. Mientras sea el propio pueblo quien haga conocer su historia, su visión de la sociedad y del poder, conjuntamente con las penurias de su avasallamiento, correrá menos peligro de elegir tales salidas.

El debate desde las bases de éstos y otros aspectos relacionados a las necesidades de las comunidades, los barrios, las fábricas recuperadas, estará configurando en los hechos un proceso de movilización cultural permanente, y en este proceso que va más allá de las fronteras de los barrios o las galpones de las fábricas, es que el trabajador de la cultura, el documentalista, respetuoso de la independencia y la autogestión, deberá acrecentar su labor de acompañamiento y profundización de la autorrepesentación del propio movimiento social. Por todo ésto, definimos los procesos de autogestión (sean cuales fueren sus niveles de desarrollo y las áreas o actividades que jerarquicen), así como la acción de los trabajadores sociales que la apoyan, como la línea estratégica de primera prioridad a fortalecer en este momento histórico.

“La relación entre el documentalista y el sujeto del film, será casi una co-producción basada en el respeto, la confianza, el afecto y la responsabilidad compartida. Debe ser un proyecto común, facilitando la denuncia de situaciones injustas, pero no quedarse solamente allí, sino avanzar hacia la contrucción de una alternativa de poder. Pero debemos asumir que no somos los iluminados que venimos a echar un poco de luz, sino que somos parte de una aldea global. . .somos también obreros del arte oprimidos y explotados por un sistema, no estamos a salvo ni somos los salvadores, simplemente aportamos lo que aprendimos a hacer, como herramienta de liberación”[v], concluía Lucrecia Mastrángelo.

De allí el Movimiento de Documentalistas. Pero reconocerse como movimiento (acción… práctica) exige definir fuentes, márgenes y alcances. Este Movimiento, con vocación de amplitud, no es mezcolanza. Posee preferencias, posiciones, prejuicios y contradicciones en estado de trabajo autocrítico. Nos mueve cierta necesidad de acción que propone lenguajes audiovisuales en construcción permanente. Nos convocan y movilizan las acciones humanas documentadas, documentales y documentables que construyen objetiva y subjetivamente la realidad. Nos unen y motivan las ganas de contribuir en lo posible al enriquecimiento y transformación del documental en simultáneo con la transformación de la realidad toda. Se trata de un Movimiento que se autodefine en la práctica como una acción no indiferente de las luchas por la libertad humana. Sin dogmas.

Existe un tejido teórico y práctico que da cohesión inicial a la construcción de este Movimiento. Se trata de un tejido de ideas y hechos tramado por una combinación de experiencias y esperanzas. Son ejes de trabajo documental que se nutren en la fragua del ensayo y el error. Sobre la afirmación de que el documental es “acción”; sobre la necesidad de profundizar y enriquecer la idea de “realidad”, “documento”, “comunicación”… se levantan respuestas y apuestas hechas trabajo documental, nuestro y ajeno, que no hacen sino agudizar el dilema: Acción sí pero ¿hacia donde?.

Nuestras respuestas, pobres, enriquecieron la idea de movernos en conjunto. No hay otro remedio. No hay mejor remedio.

Sí queremos una construcción colectiva de la comunicación toda. Sí tenemos en la cabeza la palabra revolución para que al cuestionarla nos cuestione, para ponerla en su sitio y nos ponga en el nuestro. Tenemos en mente también la palabra libertad para que no se olvide victimada en los muladares del terror que nos quiere mudos. Sí tenemos en mente la necesidad de organizarnos mejor, trabajar y profundizar nuestra condición de trabajadores del documental y lo que nos une, iguala, compromete y enamora de la fuerza organizada de todos los trabajadores. Sí queremos transformar el orden imperial de las comunicaciones con un trabajo sistemático, disciplinado, científico y poético en pleno Movimiento. Inacabado, provisional y en transformación permanente este Movimiento sería nada si no fuese convocatoria. Y peor sería si fuese convocatoria sin programa. Pero programa en serio, es decir, estimulante, creador y revolucionario. No queremos repetir esquemas que alguna vez fueron serios y murieron de solemnes. También estamos hartos de eso.

Así que con nada que perder nos movemos en grupo con vocación multiplicadora. Tenemos entre manos una brújula audiovisual que nos heredó la historia. Orienta la acción y fija un rumbo.

Y no hacemos contrainformación. En la idea misma de producir contrainformación hay una clara contaminación paternalista y burocrática: el pueblo es tenido en cuenta sólo como receptor de un proceso informacional que otros generan por él; el pueblo no tiene participación alguna más allá de formar parte del contenido de la información y una vez iniciado el proceso contrainformacional el pueblo no tiene acceso ni al control de la producción, ni de la distribución del producto informativo. Termina, en el mejor de los casos, siendo un mero consumidor de una mercancía por la que, además, tiene que pagar.

La adopción la falsa opción información – contra información lleva a caer en la subordinación con lo que el sistema genera como información. Es que la mayoría de las veces los métodos del sistema son más sutiles y más inteligentes que la simplificación superficial que hacen los burócratas que se niegan persistentemente a realizar análisis y caracterizaciones que vayan más allá de sus propios mezquinos intereses inmediatos. El sistema no se maneja sólo con el mecanismo ingenuo de ocultar o desvirtuar los hechos incluidos en la información en cuanto a su contenido explícito. El sistema se maneja esencialmente manipulando los recursos formales con que presenta la información: el punto de vista del encuadre, la relación entre las imágenes visuales y sonoras, la continuidad y la progresión en la compaginación, etc. Pero los burócratas no proponen alternativas en este sentido a la hora de “contrainformar” ; es más, adoptan los mismos recursos y mecanismos manipuladores “para utilizarlos con otros fines”. Ya sabemos de dónde viene y a dónde conduce esta metodología: basta recordar la primavera de Praga o la plaza de Tienanmen.

La utilización de determinados recursos y mecanismos formales no es inocua, ni inocente, es parte fundamental, y fundacional, del sistema informacional del poder. La contra información puesta en términos de opción frente a la información surgida del sistema, adoptando sus mismos recursos y mecanismos, inexorablemente aporta a la dialéctica fatal de información desinformación que manejan los medios masivos del sistema al servicio del poder que los genera.

Preferimos mantener nuestro lugar.

¿Cuál es nuestro lugar?

Nuestro lugar es el que sepamos construir en el espacio promisorio de las transformaciones actuales que, todavía incipientemente, buscan diseñar una nueva dirección hacia una sociedad justa. ¿Seremos capaces?

Nuestro lugar está por definirse. No existe como espacio privilegiado que nos espera pacientemente hasta que superemos, un día de inspiración, nuestro atraso general. No somos poderosos por tener una cámara (aunque sea de última generación o hija de las sanas intenciones) No somos poderosos por el encuadre, la composición o la genialidad. No somos poderosos por nuestros cenáculos de progres; ni por nuestras bitácoras autoproclamatorias. No somos poderosos en sentido alguno si creemos que el poder es eso que nos legitima la sordera. El poder que debe interesarnos no está en nuestras cunas ni en nuestras pugnas. El poder narrativo o expresivo nuevo que podemos hacer los documentalistas es exactamente el mismo que puede y debe construir la sociedad toda para autodirigir su desarrollo en una sociedad donde la riqueza… todas las riquezas, sean de todos y se repartan equitativamente para siempre. ¿Podremos hacer eso?

Desde el centro mismo del gran movimiento argentino que va en búsqueda de un frente unificado donde quepan los sueños mejores de cada cual en colectivo, desde ese motor vienen en marcha vertiginosa con sus tiempos y premuras propias, todas las preguntas que se agrupan y agolpan a la hora en que nos organizamos y nos ponemos a pensar en voz alta, con el corazón en la mano, ¿qué hacemos para avanzar como un movimiento de documentalistas, no sectario que sirva para algo más que reunirse y sirva para mucho más que hacer documentales?, que no es poco pero que es insuficiente, aislado o ungido con néctares de torre de marfil. El lugar del Movimiento de Documentalistas ante el movimiento popular argentino que dejó atrás los; espontaneísmos; para encontrar cauces nuevos de convocatoria, será sólo el que seamos capaces de soñar en vivo con nuestro pasado apostado críticamente al futuro en medio de urgencias que florecen de manera nueva.

¿Llegaremos a tiempo?

La creciente globalización a nivel mundial tiende a borrar los perfiles y aristas culturales nacionales y regionales. Cada vez más valoriza la digitalización frente a la analogía y cada vez más tiende a desvalorizar el afecto cotidiano de los hombres hacia su lugar, a romper los lazos de pertenencia y a desvincularlo de la naturaleza que lo rodea a partir de un permanente empobrecimiento de las imágenes representativas y su reemplazo por imágenes artificiales generadas por las computadoras.

En esa visión, el hombre no pertenece a un lugar concreto sino al mundo globalizado, un mundo tan vasto, confuso, lejano y sobre todo tan ajeno que lleva al hombre a extrañarse de su propio mundo y de sí mismo para ir “pertenecer” a un gran mundo globalizado que no lo reconoce más que como una serie de códigos sin carne y sin alma. Al mismo tiempo, trata de imponer una visión del hombre como esencialmente la de un consumidor (hombre que ya no pertenece al pueblo, sino que forma parte del “público”), es decir como un objeto de los procesos productivos y de la historia misma, y no como un productor, es decir como un protagonista. El valor del trabajo humano como trabajo productivo en relación con la naturaleza (sea un campo, una mina o el mar) está enmascarado, escondido o desvalorizado, ya que en ese mundo todo parece resolverse con la aplicación de microchips, módulos, memorias, etc, como si la pala, el pico, las tenazas, la sierra o la red del pescador hubiesen mágicamente dejado de existir.

Más desvalorizadas aún están las particularidades regionales, nacionales y locales que hacen de la diversidad de las formas productivas concretas del trabajo formas de cultura propia para cada lugar, sea este lugar un país, una paraje una ciudad o un caserío.

Además, ese mundo está poblado de palabras convertidas en discurso, con un idioma cada vez más rico en tecnologismos y más pobre en particularidades, expresividades y vivencias humanas cotidianas, reales, concretas, vitales y propias. Cada vez más apela a la saturación de palabras convertidas en discurso, trivializadas por su redundancia y frivolizada por los lugares comunes a que remiten y expresan. Y ni hablar del tiempo fracturado y acelerado artificialmente que se expresa en todo su esplendor en la cultura globalizada del clip, donde los tránsitos y los ciclos vitales se eliden en función de un salto instantáneo de un “punto de interés” a otro, generando una concepción y una imagen del hombre que tiende a convertirlo en un autómata robotizado.

Este proceso merece y necesita una respuesta.

¿Estamos preparados?

Es necesario acabar con la tentación de convertir a cada documental en “cultura” o en economía de la moral burguesa, es necesario que el documentalista esté dispuesto a rehacerse históricamente bajo la fuerza histórica concreta de los actores sociales y su tensión con la realidad. No al margen y no encima. Es decir, rehacerse críticamente con un modo de producción de imágenes documentales distinto, en ideas y práctica, a cualquier modo de producción documental alienante.

La memoria (filmada, fotografiada, escrita) debe ser instrumento de transformación, no archivo muerto. Los recuerdos y testimonios zapatistas no yacen bajo lápidas cronológicas ni son epitafios del ser; no sólo no tienden a borrarse sino que se actualizan y desarrollan asociados a otras funciones múltiples de manera integral, totalizante y dialéctica. Salvo casos patológicos no hay razón para desconfiar de la memoria cuando ésta se impulsa en un programa vivo de vida libre y no alienada.

Los documentales zapatistas, por ejemplo, a lo largo de su historia, y en ejercicio pleno de muchas contradicciones, deben indagar el idioma testimonial de la memoria viva que insiste en trabajar por y para el futuro libre. Se trata de una producción revolucionaria e histórica (1910-2003) en búsqueda de la verdad por consenso, sin extorsiones o chantajes, nacionalistas, comerciales o teológicos. Fuera y dentro de lo oral y de cualquier reflejo parcial de toda historia que se pretenda relato único generalmente autoritario y demagógico.

Muchos afirman que por las noches, en la sierra y la montaña, a todo galope y seguido por su ejército, cabalga Emiliano Zapata. Pasa como rayo entre el estruendo de caballos fulgurantes e ilumina la noche. Dicen que después se produce un silencio monumental, que ni siquiera los grillos cantan, que se tiende un manto de reverencia donde se recuestan las esperanzas a parir un día nuevo. Cuentan que es una paz certera, que llena los corazones con murmullos de rebelión y augurios buenos, que los niños se duermen tranquilos y los ancianos sacan a pasear sus mejores recuerdos mientras se fuman un cigarrito de promesas revolucionarias. Dicen que sobre el horizonte el general Zapata se detiene siempre, echa una mirada de ésas que sólo él tiene, revisa el universo, respira profundo y acicatea con fuerza su caballo para seguir el galope.

Dicen que la luna ilumina y hace brillar los adornos plateados de su traje, que parecen estrellitas sobre el firmamento de la esperanza, que se quedan ahí durante muchas noches hasta que el general vuelve a pasar. Dicen que Zapata siempre se va por el mismo camino, que se pierde entre las milpas más altas donde está el maíz más grande. Que la noche se pinta con el olor de yerba mojada y sopla una brisa fresca como beso de futuro. Lo dicen y no son pocos. ¿Será verdad?

Especialmente el zapatismo que levantó su vieja-nueva voz el primero de enero de 1994 ha producido con su práctica imaginarios movilizadores que entre correos electrónicos, videos, audios y marchas, amasa una riqueza de imaginarios extraordinaria. La producción documental nacida al calor de los primeros balazos en 1994 con sus incontables entrevistas, fotos, sonidos etc. Sirvió fundamentalmente para fortalecer la lucha zapatista. La circulación mundial de documentos y documentales zapatistas, que en muy poco tiempo informó sobre la vigencia de la rebeldía, sirvió como arma revolucionaria y de resistencia aunque no faltaran los arribismos más diversos incluso los que sólo querían fotos con Marcos. Unos quisieron usar al zapatismo para cubrirse de gloria revolucionaria y mesianismo indigenista neo ecológico. Otros quisieron documentar las acciones zapatistas para construirse nombre a la sombra de la construcción comunitaria de los soldados zapatistas. Algunos, rápidos, pidieron y consiguieron becas para estudiar lo indígena y lo exótico. No faltaron los espías del gobierno, de la iglesia, del ejército nacional o importado.

¿Hacia dónde hay que apuntar cámaras, micrófonos… lápices?

No hay territorios neutrales, no hay zonas eclécticas. Queda claro con la documentación del alzamiento zapatista que lo primero que hay que ganar es claridad en el terreno de la lucha. El documentalista no es asexuado. En las condiciones extremas donde se lucha contra la miseria, en Chiapas o en cualquier lugar… se sirve a la emancipación contra el capitalismo o se sirve al capitalismo a pesar de los inventos ideológicos que se pergeñen para argumentar “objetividad”, “imparcialidad”, “serenidad”. Hay 70 mil soldados en espera de órdenes para asesinar a indígenas que luchan por su vida. ¿Quiénes son los neutrales?

Hay mucha pose, snobismo y pedantería en muchos de quienes pasan por Chiapas haciendo obra documental. Nacionales o extranjeros. Algunos venden su obra, ganan festivales, editan, exponen y se olvidan. Y es lógico porque no es su lucha. Su lucha es otra aunque sea amargo aceptarlo a sabiendas del manoseo y uso que suele hacerse de personas y circunstancias. Están llenos de esto los canales de televisión mercantil, los diarios, las radios, algunos museos y no pocas academias. Nadie puede ignorarlo.

No se es “bueno”, “santo” ni “progre” por documentar la vida indígena para exhibirla en festivales, muestras o congresos. «praxis sin teoría, es decir, por debajo del estado más avanzado del conocimiento, ha de fracasar necesariamente […]». El documentalista no es ajeno. Sin teoría revolucionaria del documental y de la Imagen no puede haber movimiento revolucionario del documental y de la Imagen en general.

Mienten los que juran tenerlo claro. Está a la espera de ser documentado lo otro, lo excluido, lo invisible e ignorado, con su pensar y hacer como sobre toda idea de comunicación… Eso que ocurre en Chiapas, México, es a su modo poesía fulgurante, insurgente y revolucionaria que recupera terreno, su terreno. Recupera presente y futuro. Recupera personas, moviliza esperanzas y potencia espíritus rebeldes… revolucionarios. Estremece y cuestiona a olvidadizos, indiferentes o ignorantes en el mismísimo teatro de la crueldad neoliberal. Se mire desde donde se mire, recupera al corazón – ¿Qué imagen del corazón rebelde documentamos con su caudal revolucionario? En Chiapas, en Irak, en Argentina…

Todos sabemos que los documentalistas somos unos pocos, entre los millones de oprimidos. Pero también sabemos que tenemos una misión que cumplir. Una misión nada prescindible. ¿Conocen las pinturas de la Cueva de las Manos? Ese, me parece, es el mejor ejemplo de cuál puede ser nuestra función. Más allá de quienes seamos cada uno, todos y cada uno tenemos que dejar las huellas entrelazadas de nuestras manos en fondo de la caverna oscura. Entonces, esas serán las huellas de todos, no sólo las de cada uno, no sólo las de los documentalistas, sino las de todos. Pero para eso, al igual que los pintores del río Pinturas, podemos ser cada uno un par de manos que dejen sus huellas propias e irrepetibles pero, por sobre todo, tenemos que ser un conjunto de manos que dejen un tejido entrelazado de huellas que hablen por todos, no solo por nosotros, sino por todos.

Uno sólo puedo hablar por sí, pero junto con otros, puede hablar por todos. Junto con todos. Entonces el trabajo documental pasa a transformarse en el trabajo de todos y cada uno, atravesado por una autoría a la vez individual y colectiva. Un entretejido donde cada hebra existe por si, pero entre todas hacen la manta que abriga en el invierno.

Se acabaron, entonces, las pretensiones de estrellato, porque la única estrella pasa a ser la intrincada huella colectiva que construimos entre todos. Se acabaron también las disputas de cartel o marquesina. Nadie buscará dejar sus huella más arriba que las de los otros, sino más entrelazada.

Y se acabaron los mercenarios y los funcionarios: no se puede dejar huellas con las manos enguantadas. Pídanle al documentalista que se despelleje las manos tratando de dejar su huella junto con otras huellas, pero no le pidan que se ponga guantes.

Hay un salto cualitativo necesario en las definiciones y las acciones documentalistas que implica, entre otras cosas, una táctica de rupturas y construcciones de Imágenes sucesivas y escalonadas. Romper con práctica documental exclusiva de los lenguajes audiovisuales. Romper con las ataduras estatutarias ideadas por algunas escuelas contemplativas enamoradas de la clasificación. Romper con la negación del filosofar político en beneficio de cierta inmaculada concepción del documental científica y políticamente correcto. Romper con el mito de la objetividad periodística . Romper con la idea del documentalista ignorante, cineasta de segunda categoría, que goza fanáticamente con el descubrimiento de su mirada ante el espejo de su vanidad financiada burocráticamente. Romper con la colecta de limosnas que enturbian la claridad del trabajo documentalista. Romper con los sectarismos y las auto, proclamaciones. Romper con los nacionalismos y los chovinismos. Romper con la negación de la estética y la poesía.

Construir, a cambio, definiciones nuevas del trabajo y del objeto del trabajo. Construir relaciones de producción nuevas en las que el trabajo documentalista tenga dignidad y justicia como cualquier otro trabajo no alienado y no alienante. Construir un marco de trabajo nuevo donde la propiedad de las herramientas de producción deje de ser privilegio de unos cuantos, donde la propiedad privada de esos medios sea abolida. Construir una ética de investigación y documentación basada en las tesis teórico, metodológicas más avanzadas en contra de las sectas sabiondas y de los mercachifles del conocimiento. Construir espacios de exhibición y critica nuevos donde la exhibición no implique besamanos y la crítica no implique lisonjas.

Construir tácticas y estrategias nuevas para la capacitación y formación de muchos documentalistas nuevos que dispongan libremente de ideas y herramientas para documentar sus problemáticas y conquistas. Construir organizaciones de base anti, imperialista con documentalistas militantes de una revolución de la Imagen y la comunicación capaz de ponerse a la vanguardia de las mejores luchas históricas, es decir, al lado de los obreros y campesinos más avanzados que lideran la transformación del mundo todo.

Si la lucha contra la opresión no es también la lucha del documentalista hacia una nueva sociedad, está condenado a la derrota. A menos que se tenga una idea clara del objetivo, será imposible tener una estrategia o una táctica documentalista científicas. Es totalmente natural que un documentalista esté obligado a ser un activista de la Imagen. Un documentalista es realizador de un trabajo tensionado por una distinción entre compromisos en la política y compromisos en el pensamiento. Si el compromiso es permisible en filosofía y ciencia política, el documentalista debe sostener un tacto moral que le deje incorporar sus compromisos sin dogmatismo. El documental debe ser fuerte y efectivo. Debe basarse en una comprensión clara y sobria de la situación, de las capacidades propias y de las metas. Las concesiones ideológicas debilitan al documental y al documentalista tanto como la rigidez ultra de cualquier tipo. En el trabajo documental tener objetivos claros y confianza en la justicia de su causa son condiciones imprescindibles.

Todo documental es limitado. El documental no es una revolución. No puede hacer un conocimiento y acción completos. Aun siendo consciente de la riqueza y variedad de vida social, el documentalista no debe olvidar que esta se estructura de una particular manera y que su trabajo puede ser una contribución en la transformación de la sociedad y sólo eso. Necesitamos saber nítidamente de qué lado estamos.

El grado de claridad que pueda y deba ofrecer esto al trabajo de los documentalistas puede traducirse en acción organizada horizontal y no autoritaria empeñada en ser eficaz y eficiente. Es un desafío colectivo que interroga sobre el nivel de conciencia y participación. Entre otras cosas pasar de la queja a la acción. El documental será revolucionario o será nada.

¿Estamos lejos?

1 Lucrecia Mastrángelo – Ponencia Documental para la resistencia.

[ii] Idem
[iii] Isabel Hernández – Documental antropológico y autogestión en Cine, antropología y colonialismo.
[iv] Idem
[v] Lucrecia Mastrángelo – Ponencia ya citada.