BURLARSE. Sobre el humor en el cine militante, a partir de LBJ de Santiago Alvarez.

Ese respeto otorga validez a esa autoridad.  En este aquí y ahora estos espacios tienen una embestidura que los legitima. Comenzar a desentrañar su historia, a desmitificar su validez, a cuestionar su autoridad. El humor se vuelve una herramienta sumamente útil para empezar a realizarlo. El sarcasmo, la ironía, la burla.

“El humor puede ser, por su rebote, un arma de combate en la medida en que, al exorcizar la angustia, infunde confianza al combatiente y en que, al desinflar la amenaza, priva al adversario de su arma psicológica”, nos dice Robert Escarpit[1]. En su análisis del humor, de su función y posibilidad, dedica un párrafo al poder de choque, de confrontar.

El cine militante ha empleado este registro para erosionar a su enemigo, para mostrarlo tal cual es.  El poder pierde parte de su fuerza si ya no nos infunde temor, respeto. Reírse del que nos domina es empezar a pensar en enfrentarlo. Esa risa puede nacer del temor, del dolor, del resentimiento, del hábito. “En la falsa sociedad la risa ha herido a la felicidad como una lepra y la arrastra a su totalidad insignificante. (…)  Lo colectivo de los que ríen es la parodia de la humanidad.” (Adorno: 2002)  Cuando cobra un valor insurgente, es cuando nace del que conoce, del que sabe de qué se esta riendo, y porqué debe reírse.  Cuando se le muestra la falacia, la mentira, que de tan grotesca nos mueve a risa, de aquellos que intentan pasarla por verdad.  

 “El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos se honra en dedicar esta película a uno de los estadistas mas ilustres de nuestro siglo, por sus excelsas virtudes ciudadanas y por su relevante devoción a la humanidad”. LBJ. (Santiago Álvarez – Cuba, 1968) Ironía pura. Complicidad. “Por franca que se la suponga, la risa oculta una segunda intención de acuerdo, casi diría de complicidad, con otros sujetos, reales o imaginarios, que rían”. (Bergson: 1973)  ¿Que virtudes encierra este sujeto del poder? Lyndon Baines Johnson. Presidente de la mayor potencia mundial.

Este registro sarcástico lo podemos rastrear claramente desde Sergei Eisenstein. Cómo no pensar en sus representaciones del poder, de los sujetos del poder. El director de la fábrica en La Huelga (URRS, 1925), con su gordura excesiva, sus farsescos lugartenientes, sus intrigas y miserias. Y su miedo. O en los burgueses de Octubre (URSS, 1927), asesinos y cómplices, grotescos figurantes que nos despiertan el odio y el desprecio, pero también la burla y el descrédito. Podemos pensar también en Buñuel, en su ridiculización, tanto de la burguesía, como de la iglesia, como del poder. Y, por supuesto, en Glauber Rocha. Rocha juega con los excesos y los limites de la representación, los clichés y los estereotipos. Imposible no recordar el plano secuencia inicial de Cabezas Cortadas (España, 1970), con este Perón decrepito y verborragico, recordando sus ardides palaciegas, sus “profundas convicciones”, y su “fundamental contribución a la historia”. Una violencia mordaz contra el personaje, un exhibicionismo de sus miserias y mentiras.  Poder sin aura, en camino hacia la muerte. Son estos sólo algunos ejemplos para conectar con una utilización, no solo con un recurso,  este trabajo de Santiago Álvarez.

Veremos en LBJ a este padre de familia, a este nuevo cowboy, a este devoto abuelo, a este genocida. Ridículo en sus mentiras. Criminal en sus actos. La ironía para rebelarnos, para enfrentarlo con más fuerzas. No para alejarnos, ni para volvernos mordaces detrás de nuestras butacas; como emplean a la ironía en estos tiempos de postmodernia.   

Primer plano de la película, y nos encontramos con la revista LIFE. Vida. ¿De quienes? De la hija de Johnson, en su casamiento. Vida. De un estadista de “excelsas virtudes ciudadanas”, que cimentó su poder desde la muerte. De los Jack, los Luther, los Bob. La iglesia, el orden, el matrimonio, la felicidad. Vida, del señor muerte, falsa y por tanto ridícula. Pornógrafa. La boda, la fiesta, la torta, la trampa, la muerte.  Y el azar.  Múltiples posibilidades, pero una sola combinación: LBJ = MUERTE.

Veremos a este cowboy, con sus ínfulas y sus armas. Sus costumbres, su petulancia. Montaje de un rodeo a su cargo, de su caricatura de a caballo con arma y garrote, y de un hombre sobre un equino de calesita.  El ridículo, la falsedad. La pérdida del miedo. Este ser, este sheriff del mundo, no es más que otra mentira del capitalismo, es otro ídolo con pies de barro. (Cualquier similitud con George Walker Bush o Barack Hussein Obama no es casual). Y el cine. Aparecerá el cine con su propia ideología, con sus propios mitos y leyendas: el “Séptimo Regimiento de Caballería”. Pero aquí se cambiara su significado mitológico. Esta herramienta del sistema, este imaginario de valor y justicia, será exhibida en su realidad de crimen y vergüenza. Esa guerra contra los pueblos originarios del norte de América, es un genocidio que nos recuerda al ejecutado en Vietnam. Resignificar.  Desautorizar. Qué protegen, contra quién luchan.

Esta historia que se profundiza, que se enfrenta. Como el discurso de Stokely Carmichael, insertado en el film. Hay que civilizar un país bárbaro,  hay que aceptarse, no hay que imitar a los blancos. Orgullo, poder negro. Nuestra historia. Como la historia de diferentes niños. Yo vi la sangre de un niño brotar. Estos padres, estos niños. Y sin embargo otros niños, otros padres. Y me pregunto por qué tanta muerte,
tanto dolor, tanto napalm, oiremos decir a Pablo Milanés. La historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de la lucha de clases, repetimos con Marx. Ante la falacia, nuestra verdad.

El cine militante argentino también utilizó en la década del ´60-´70 al humor como herramienta de imputación, de rebeldía, de revolución. La Hora de los Hornos (Getino – Solanas, Argentina, 1968) comparte el tono denunciativo y sarcástico de Álvarez. El tratamiento de Miguel Mújica Lainez, de los próceres monumentalizados, de las gentes de la Sociedad Rural, de los artistas del Instituto Di Tella, es significativo de este sarcasmo. Permitir que se muestren, que se exhiban, que se denuncien. Sus modos, sus formas, sus discursos son una falacia, una mentira ridícula y constitutiva de su ser. Nos reímos de ellos, nos afirmamos nosotros.

Raymundo Gleyzer utilizo al humor en la construcción de sus relatos, ya sean ficcionales o documentales. La ridiculización, la afrenta, a representantes de la burguesía y a sus aliados. La “Señora” terrateniente, en México, la revolución congelada (Argentina, 1970), explicando su vida y sus conductas; o el mismísimo Luis Echeverría, en su helicóptero y en su marcha, desnudo ante las mentiras a este pueblo, a esta clase. El capitalista nos explica sus ganancias, en Me matan si no trabajo y si trabajo me matan Argentina, 1974), en esta animación que nos representa al farsante y sus mentiras, de la explicación de la plusvalía.

En Los Traidores (Argentina, 1973), Roberto Barrera, ejemplo de burócrata y traidor a su clase: amantes y abortos, caballos, traiciones, patotas, mentiras, corrupción, asesinatos, auto secuestros, fraudes. Luego de presenciar como sus matones asesinan al obrero Rosales, asistimos a la única escena de la intimidad conyugal de Barrera. Su esposa sentenciara: “Estuve con la decoradora esta tarde. Me dijo que en ese espacio podemos poner una biblioteca. Que te parece la Espasa-Calpe. Son 97 tomos. Un metro y medio, mas o menos”.   Se produce un choque, una afrenta. Del asesinato, a su placer. Cómo no rebelarnos ante él, cómo no enfrentarlo. Pero a la vez, Gleyzer nos muestra la ficción de su vida, el vacío de su propia construcción familiar. Y apela al humor para hacerlo, a los metros que tiene la cultura. “Un dirigente tiene un tiempo útil, y hay que saberlo aprovechar”. Una muestra de su saber, enseñanza directa del artista de moda (Palito Ortega) que aparece y desaparece para no quemarse. De militante a burócrata, de persona a personaje, un transito de la verdad a la falacia.

Con el afán de comunicar, con la posibilidad de dialogar con el espectador, con la intención de revolucionar la realidad. El cine militante, y su utilización del humor, del sarcasmo, de la ironía. Santiago Álvarez, y un camino a recorrer.

 

 

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La lucha de clases, que no puede escapársele de vista a un historiador educado en Marx, es una lucha por las cosas ásperas y materiales sin las que no existen las finas y espirituales. A pesar de ello estas últimas están presentes en la lucha de clases de otra manera a como nos representaríamos un botín que le cabe en suerte al vencedor. Están vivas en ella como confianza, como coraje, como humor, como astucia, como denuedo, y actúan retroactivamente en la lejanía de los tiempos. Acaban por poner en cuestión toda  nueva victoria que logren los que dominan. Igual que flores que tornan al sol su corola, así se empeña lo que ha sido, por virtud de un secreto heliotropismo, en volverse hacia el sol que se levanta en el cielo de la historia. El materialista histórico tiene que entender de esta modificación, la más imperceptible de todas.

                                              

Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia

 

 

Bibliografía

 

Adorno, T.y Horkheimer, M, Dialéctica del Iluminismo, Editora Nacional, Madrid, 2002.

Bergson, Henri, La Risa, Espasa – Calpe, Madrid, 1973.

Escarpit, Robert, El Humor, Eudeba, Buenos Aires, 1972.

 

Por Juan Ciucci.

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